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Los pies del hombre tendido en el piso

Lo vi llegar con su boina a eso de las seis y media . Venía arrastrando los pies, caminaba con la espalda desvencijada. Miró a donde estaba yo y levantó la mano a la vez que casi sonrió. “Buen día , Don Olegario”, le dije mientras repetía su gesto desde la vereda de enfrente. Giró y abrió con calma las tres cerraduras de la reja, luego la puerta del local y entró en ese universo de cadáveres mecánicos.

El día venía flojo. No había mucha gente por la calle. Y es que el frío daba ganas de quedarse un rato más, sobre todo un sábado. Solo había vendido dos o tres diarios. Me cebé un mate. Chupé con ganas, estaba demasiado corto, le había puesto mucha yerba. Prendí la radio, decían que había 7 grados. Me cerré la campera hasta arriba y metí las manos en los bolsillos. En eso dobló a toda velocidad un auto. Era un Honda rojo de película. Frenó de golpe a la altura de mi kiosco, se bajó la ventanilla, y una vocecita preguntó por Don Olegario. No me animé acercarme, le dije que era enfrente. Sin responder el auto siguió hasta la esquina y se estacionó en plena senda peatonal. Ni bien bajó, pude ver que el portador de la vocecita, era un hombre. Me sorprendió su palidez, que contrastaba con la calidad de un traje negro al menos dos talles más grandes. Caminaba con dificultad, mientras que con su mano derecha sostenía su muñeca izquierda. Tardó más que lo normal en caminar desde la esquina hasta el local, incluso más que don Olegario. Me imaginé una carrera entre ambos maratonistas, y me reí a carcajadas por lo bizarro de la imagen. Cuando me quise dar cuenta, el hombre ya no estaba.

Se acercaba el mediodía. El honda seguía igual de mal estacionado. No había tenido ni noticias de Olegario y su cliente. Cerré el quiosco haciendo tiempo para ver si pasaba algo, pero nada. Todo seguía igual. Pensé en las milanesas con puré que me esperaban en casa. Igual la curiosidad pudo más y fui a ver.

La puerta estaba abierta solo tuve que empujarla un poquito. Apenas entré me encontré con la colección de relojes anárquicos, cada uno mostrando la hora que se le antojaba. Me tenté en ponerlos a todos en hora pero no había venido a eso. Seguí caminando despacito pero no vi un escaloncito que hizo que me tropezara al tiempo que comenzó a sonar un CUCÚ que casi me infarta. Seguí caminando hasta la cortinita marrón y desde una de las rendijas pude ver a Don Olegario, tenía algo en sus manos, algo de metal, algo que se movía. Estaba como ido, tan concentrado que ni se dio cuenta de mi presencia. Había piezas de un reloj pulsera destruido en su mesa de trabajo. Una náusea se apoderó de mí cuando pude ver los pies del hombre tendido en el piso, los ojos extasiados de Don Olegario, la inmunda garrapata metálica que tenía entre sus manos. Salí corriendo. Lo escuché reírse mientras me alejaba de aquel lugar.

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