Noche cerrada. Silencio. No hay nada. No hay nadie. Una luna llenísima se encarga de alumbrar solo el costado de las formas. Primero comienza a escucharse un traqueteo que luego se transfigura en un tren. En el tercer vagón, vienen Daniel y Mariana. Todavía no se conocen.
Mariana intenta leer el primer tomo de En busca del tiempo perdido. Va por la mitad. Cada tanto levanta la cabeza y mira la ventanilla.
Daniel pareciera que escucha heavy metal al palo. Pero está en otra. Mira y no mira. Se le entrecierran los ojos. Cada tanto cabecea. Un frenazo brusco lo hace despertar. Afuera, todo igual. El tren se queda inmóvil. Se saca un auricular. Pregunta qué pasó.
La única que parece escucharlo es Mariana. El resto está quieto. Quizás demasiado quieto. Cierra el libro y se levanta para ver de quién es esa voz. Y ahí está Daniel y sus ojos bien abiertos. Se le escapa una sonrisa que despierta en el otro una reacción similar. Se quedan un rato así. Mirándose. En silencio. No hay nada. No hay nadie alrededor. Solo ellos. Faltan las palabras, pero parece que no importa. Tampoco hay contacto o movimiento. Cada uno fijo en su lugar.
ÉL intenta acercercarse pero su pie le impide dar el primer paso. Lo siente pesado, extraño, ajeno. Ella prueba pedirle que venga levantando una de sus manos, pero un cosquilleo punzante no la deja ni siquiera mover un dedo.
No se entiende bien en qué momento el tren vuelve a funcionar, pero lo hace. Los pasajeros se renuevan y ellos siguen ahí, en sus lugares. Si se calculara la velocidad en relación al movimiento por hora, podría ser que con suerte en cinco años llegaran a rozarse las manos.
Mariana intenta leer el primer tomo de En busca del tiempo perdido. Va por la mitad. Cada tanto levanta la cabeza y mira la ventanilla.
Daniel pareciera que escucha heavy metal al palo. Pero está en otra. Mira y no mira. Se le entrecierran los ojos. Cada tanto cabecea. Un frenazo brusco lo hace despertar. Afuera, todo igual. El tren se queda inmóvil. Se saca un auricular. Pregunta qué pasó.
La única que parece escucharlo es Mariana. El resto está quieto. Quizás demasiado quieto. Cierra el libro y se levanta para ver de quién es esa voz. Y ahí está Daniel y sus ojos bien abiertos. Se le escapa una sonrisa que despierta en el otro una reacción similar. Se quedan un rato así. Mirándose. En silencio. No hay nada. No hay nadie alrededor. Solo ellos. Faltan las palabras, pero parece que no importa. Tampoco hay contacto o movimiento. Cada uno fijo en su lugar.
ÉL intenta acercercarse pero su pie le impide dar el primer paso. Lo siente pesado, extraño, ajeno. Ella prueba pedirle que venga levantando una de sus manos, pero un cosquilleo punzante no la deja ni siquiera mover un dedo.
No se entiende bien en qué momento el tren vuelve a funcionar, pero lo hace. Los pasajeros se renuevan y ellos siguen ahí, en sus lugares. Si se calculara la velocidad en relación al movimiento por hora, podría ser que con suerte en cinco años llegaran a rozarse las manos.
muy buen final!!
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