Una sola luz en la cuadra late. Viene del edificio de monoambientes, del sexto piso. Él se levanta del colchón, se acerca a la heladera y toma agua. Su acompañante, con un cigarrillo apagado entre los labios, busca algo en una cartera. Saca un encendedor, lo prende y va por el cenicero, para luego sentarse en el colchón. Él pasea sus ojos por la habitación: primero el reloj de pared, después ella, y por último la ventana. Sopla, mientras se rasca la cabeza. Interrumpen el silencio de la noche unos pasos. Son pasos sutiles, femeninos, taconeados. Frenan en la entrada del departamento y desaparecen en el hueco del ascensor. La lámpara titila. Él se pone en puntas de pie para ajustarla, pero no apaga la luz, así que se quema los dedos. Habían llegado hacía un par de días unas de bajo consumo que teñían el ambiente de una luz sin gracia. Él necesitaba más intensidad, por eso, a pesar de las quejas de ella, había ido a la ferretería con el fin de volver con las que mayor potencia tuviera...