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Mostrando entradas de marzo, 2011

Bajo consumo

Una sola luz en la cuadra late. Viene del edificio de monoambientes, del sexto piso. Él se levanta del colchón, se acerca a la heladera y toma agua. Su acompañante, con un cigarrillo apagado entre los labios, busca algo en una cartera. Saca un encendedor, lo prende y va por el cenicero, para luego sentarse en el colchón. Él pasea sus ojos por la habitación: primero el reloj de pared, después ella, y por último la ventana. Sopla, mientras se rasca la cabeza. Interrumpen el silencio de la noche unos pasos. Son pasos sutiles, femeninos, taconeados. Frenan en la entrada del departamento y desaparecen en el hueco del ascensor. La lámpara titila. Él se pone en puntas de pie para ajustarla, pero no apaga la luz, así que se quema los dedos. Habían llegado hacía un par de días unas de bajo consumo que teñían el ambiente de una luz sin gracia. Él necesitaba más intensidad, por eso, a pesar de las quejas de ella, había ido a la ferretería con el fin de volver con las que mayor potencia tuviera...

Jijiji

Final del recorrido. Estación terminal, Catedral. EL móvil queda fuera de circulación. Por favor descender. Se levantó de su asiento e intentó acercarse a la puerta. Tuvo que atravesar la maroma de brazos, piernas, y cabezas que se contorneban acrobáticamente para poder encajar. Mientas el subte lentamente frenaba, uno de las tantas fotocopias de oficinistas sesentones aprovechaba para posar su miembro en su parte trasera. La masa la expulsó del transporte, y no tuvo otra opción que formar parte de la maratón de oficinistas desesperdos por llegar a tiempo a la superficie. El aire era sustancialmente diferente del que la había sofocado en el submundo. Corría una brisa agradable de esas que despejan las ideas o pueden llegar a enturbiarlas. Comenzó a caminar hasta la esquina de la Catedral, y decidió cruzar la plaza en diagonal. En dirección contraria, venían otras fotocopias que tenían los ojos como desencajados. Los miró sin ver y siguió su camino. Un aroma entre dulzón y amargo...

El pibe tigre

Vos te sentás, pedís una birra, prendés un pucho y dejás que el tiempo pase. Mientras tanto, él y su moto sudada ven el aire rodar entre círculos de humo vicioso. Hasta que llega ella y con ella, los gendarmes. Cuando la destapás, una gota se escapa de la abertura. No entendés por qué en un microsegundo explota. La mesa se llena de cadenas. Pero una mísera y microscópica gota roe insistentemente uno de los eslabones. Lo ves volver a él ,cabizbajo, y a su chaleco de cuero. En dirección contraria, los gendarmes cada vez se vuelven más chiquitos. Postfacio: Cualquier parecido con la realidad no es una coincidencia. La idea original surge en una noche de verano en Hurlingam, sentada en un bar con mis queridas Carlita y Noe. El primer esbozo está escrito en una servilleta.

Mujer barro

Oh mis muertos, me los comí, me atraganté... "En esta noche, en este mundo" de Alejandra Pizarnik Abrió los ojos y largó con fuerza una bocanada de aire. Se despertó con la garganta seca y la respiración agitada. La poca luz entraba por las rendijas de una persiana medio rota. Llegó con pasos torpes y descalzos hasta la cocina. Abrió la heladera y de a sorbitos tomó más de un litro de agua. El líquido empezó a bajar por sus tubos interiores. Ahora, ¿Por qué estaba así? Cuando vio sus manos embarradas, recordó. No era una imagen, no eran palabras, no era la última pelea con Hernán. La escena era digna de ser fotografiada: en bombacha y remera se quedó un rato inmóvil. La efervescencia de la heladera bañaba el ambiente. Estática, con los ojos clavados en un punto. Después de un rato, volvió a guardar la botella, cerró la heladera y se sentó en el piso. Apoyó la espalda en la puerta, flexionó las piernas lo más cerquita que pudo de su torso, y empezó a masticar con saña el b...