Una sola luz en la cuadra late. Viene del edificio de monoambientes, del sexto piso.
Él se levanta del colchón, se acerca a la heladera y toma agua. Su acompañante, con un cigarrillo apagado entre los labios, busca algo en una cartera. Saca un encendedor, lo prende y va por el cenicero, para luego sentarse en el colchón. Él pasea sus ojos por la habitación: primero el reloj de pared, después ella, y por último la ventana. Sopla, mientras se rasca la cabeza.
Interrumpen el silencio de la noche unos pasos. Son pasos sutiles, femeninos, taconeados. Frenan en la entrada del departamento y desaparecen en el hueco del ascensor.
La lámpara titila. Él se pone en puntas de pie para ajustarla, pero no apaga la luz, así que se quema los dedos. Habían llegado hacía un par de días unas de bajo consumo que teñían el ambiente de una luz sin gracia. Él necesitaba más intensidad, por eso, a pesar de las quejas de ella, había ido a la ferretería con el fin de volver con las que mayor potencia tuvieran. Las bombitas habían saturado la instalación y por eso latían.
Está ajustando la lamparita y se encandila por la fuerza de la luz, que dura solo lo suficiente para ver la puerta que se abre y a la mujer que hace unos minutos estaba ingresando al edificio.
En la planta baja, vuelve a aparecer esa figura femenina. Primero se sienta en uno de los escalones y con una mano agarra su cabeza. Tiene los ojos clavados en el piso. Ahora sí, la cuadra está por completo a oscuras.
Él se levanta del colchón, se acerca a la heladera y toma agua. Su acompañante, con un cigarrillo apagado entre los labios, busca algo en una cartera. Saca un encendedor, lo prende y va por el cenicero, para luego sentarse en el colchón. Él pasea sus ojos por la habitación: primero el reloj de pared, después ella, y por último la ventana. Sopla, mientras se rasca la cabeza.
Interrumpen el silencio de la noche unos pasos. Son pasos sutiles, femeninos, taconeados. Frenan en la entrada del departamento y desaparecen en el hueco del ascensor.
La lámpara titila. Él se pone en puntas de pie para ajustarla, pero no apaga la luz, así que se quema los dedos. Habían llegado hacía un par de días unas de bajo consumo que teñían el ambiente de una luz sin gracia. Él necesitaba más intensidad, por eso, a pesar de las quejas de ella, había ido a la ferretería con el fin de volver con las que mayor potencia tuvieran. Las bombitas habían saturado la instalación y por eso latían.
Está ajustando la lamparita y se encandila por la fuerza de la luz, que dura solo lo suficiente para ver la puerta que se abre y a la mujer que hace unos minutos estaba ingresando al edificio.
En la planta baja, vuelve a aparecer esa figura femenina. Primero se sienta en uno de los escalones y con una mano agarra su cabeza. Tiene los ojos clavados en el piso. Ahora sí, la cuadra está por completo a oscuras.
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