Final del recorrido. Estación terminal, Catedral. EL móvil queda fuera de circulación. Por favor descender.
Se levantó de su asiento e intentó acercarse a la puerta. Tuvo que atravesar la maroma de brazos, piernas, y cabezas que se contorneban acrobáticamente para poder encajar. Mientas el subte lentamente frenaba, uno de las tantas fotocopias de oficinistas sesentones aprovechaba para posar su miembro en su parte trasera. La masa la expulsó del transporte, y no tuvo otra opción que formar parte de la maratón de oficinistas desesperdos por llegar a tiempo a la superficie.
El aire era sustancialmente diferente del que la había sofocado en el submundo. Corría una brisa agradable de esas que despejan las ideas o pueden llegar a enturbiarlas. Comenzó a caminar hasta la esquina de la Catedral, y decidió cruzar la plaza en diagonal. En dirección contraria, venían otras fotocopias que tenían los ojos como desencajados. Los miró sin ver y siguió su camino.
Un aroma entre dulzón y amargo llamó su atención. Eran unos oficinistas fumando faso a la vuelta de la casa rosada. Cada vez que daban una pitada, se iban levemente desintegrando.
Siguió hasta Paseo Colón, pero antes se volvió a chocar con trajes, portafolios, y corbatas que marchaban rítmicamente hacia el reino del hades. Otra vez, sus ojos, mejor dicho sus cubículos oculares parecían estar vacíos. Empezó a tener miedo. Se reproducían y esparcían rápidamente. Eran todos iguales. Marchaban con un paso firme y rítmico. Marchaban en masa, con esas caras desfiguradas y sin ojos. El miedo iba en aumento. Cerró los ojos y se los tapó con uno de sus brazos. Pero el ruido ensordecedor de los marchantes cual cien golpes dados por martillazos simultáneos la turbó por completo . Se sentía adentro de "The wall"
¿Es que habían tomado la ciudad? Intentó gritar pero no le salía la voz. Deseo con todas sus fuerzas despertar pensando que todo era un mal sueño. Pero no. Abrió los ojos y las fotocopias aún seguían ahí. Agarró su Mp3, se puso los auriculares, subió el volumen a 32. No mires por favor, y no prendas la luz, la imagen te desfiguró.
Se levantó de su asiento e intentó acercarse a la puerta. Tuvo que atravesar la maroma de brazos, piernas, y cabezas que se contorneban acrobáticamente para poder encajar. Mientas el subte lentamente frenaba, uno de las tantas fotocopias de oficinistas sesentones aprovechaba para posar su miembro en su parte trasera. La masa la expulsó del transporte, y no tuvo otra opción que formar parte de la maratón de oficinistas desesperdos por llegar a tiempo a la superficie.
El aire era sustancialmente diferente del que la había sofocado en el submundo. Corría una brisa agradable de esas que despejan las ideas o pueden llegar a enturbiarlas. Comenzó a caminar hasta la esquina de la Catedral, y decidió cruzar la plaza en diagonal. En dirección contraria, venían otras fotocopias que tenían los ojos como desencajados. Los miró sin ver y siguió su camino.
Un aroma entre dulzón y amargo llamó su atención. Eran unos oficinistas fumando faso a la vuelta de la casa rosada. Cada vez que daban una pitada, se iban levemente desintegrando.
Siguió hasta Paseo Colón, pero antes se volvió a chocar con trajes, portafolios, y corbatas que marchaban rítmicamente hacia el reino del hades. Otra vez, sus ojos, mejor dicho sus cubículos oculares parecían estar vacíos. Empezó a tener miedo. Se reproducían y esparcían rápidamente. Eran todos iguales. Marchaban con un paso firme y rítmico. Marchaban en masa, con esas caras desfiguradas y sin ojos. El miedo iba en aumento. Cerró los ojos y se los tapó con uno de sus brazos. Pero el ruido ensordecedor de los marchantes cual cien golpes dados por martillazos simultáneos la turbó por completo . Se sentía adentro de "The wall"
¿Es que habían tomado la ciudad? Intentó gritar pero no le salía la voz. Deseo con todas sus fuerzas despertar pensando que todo era un mal sueño. Pero no. Abrió los ojos y las fotocopias aún seguían ahí. Agarró su Mp3, se puso los auriculares, subió el volumen a 32. No mires por favor, y no prendas la luz, la imagen te desfiguró.
" Tuvo que atravesar la maroma de brazos, piernas, y cabezas que se contorneban acrobáticamente para poder encajar. Mientas el subte lentamente frenaba, uno de las tantas fotocopias de oficinistas sesentones aprovechaba para posar su miembro en su parte trasera"
ResponderEliminarviví algo así ayer.. ¬¬