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Gualicho

“La barca pasó y el río quedó, al fin, quieto.”

La pequeña novia del carioca

Abrió la tercera puerta. De nuevo, mármol, piedra y tierra. Había alguien. Quiso preguntarle pero no le salió la voz. Cuando pudo emitir sonido, ya estaba sola de nuevo. Volvió a abrir otra puerta, vio gente que se estaba yendo. Una mujer le dijo que estaban cerrando. Ella respondió que tenía que llegar a tiempo.

-Ya van a apagar las luces, mejor va a ser que salgas, se pone todo feo cuando cae el sol.

-Tengo que llegar, es un lugar como este.

-Acá todos los lugares son iguales. Mejor va a ser que te vayas.

Dijo y salió por otra de las puertas. Corrió en esa dirección, abrió buscando el rastro de aquella mujer, pero estaba sola de nuevo. La habitación era idéntica a la de antes.

Se sentó en el piso y prendió un cigarrillo. Una voz masculina le pidió fuego. Se estremeció. Era una voz familiar. Levantó los ojos y en un principio no vio a nadie. Sintió una mano que se posaba en su hombro. Se apagó la luz. Estiró la mano con el encendedor. Algo se lo sacó muy suavemente. Vio a través del chispazo partes de la cara del hombre. Te estaba esperando. Le dijo. Ya sé, por eso vine. Hubo un rato de silencio. ¿Quiénes eran los que estaban?, preguntó ella. Él se tomó su tiempo para responder. Llevó el cigarro a su boca. Pitó profundamente. Su cara se iluminó por unos instantes. Soltó el humo para uno de los costados. Hasta que al fin dijo que allí no había nadie. Ella se paró. ¿Me estás tratando de loca? Ya se había acostumbrado a la penumbra. Hasta le divertía ese jueguito. En serio, linda, no hay nadie, estamos solos. Sintió que él se acercaba por su espalda. Dale decime quiénes eran. Nadie y todos al mismo tiempo, dijo mientras emitía una leve carcajada. Y eso que acá el tiempo no existe. Lo sintió más cerca. Como me gusta cuándo te hacés el místico, incluso aunque me boludees. Ya los dos cigarros se habían apagado. La oscuridad era total. Veo que no me pensás decir. Dijo y sintió cómo sus dos brazos apretaron su cintura. Ella se arqueó hacia atrás y con una de sus manos buscó su cabeza. Se quedaron un rato así. En silencio. Hasta que ella casi perdió el equilibrio, él ya no estaba. Martín, gritó. ¿Te fuiste? ¿Dónde estás? De nuevo, sola, en esa habitación y a oscuras.

Decidió abrir otra puerta. Linda, viniste. Escuchó. Martincito, mi vida, ¿por qué me hacés esto?. No soy Martín ¿Pero si hablás igual que Martín? Todo seguía oscuro. ¿ No era que te gustaban los jueguitos? SÍ pero creo que empiezan a dejar de divertirme. Él se rió con ganas. Se acercó. La abrazó. Firmemente. Se oían respirar. Iban a un mismo ritmo. ÉL subió una de sus manos hasta la nuca y la sumergió en la maraña de pelo . Ella llevó su cabeza para atrás, empujada por la firmeza leve de los tirones, mientras casi mordía su labio inferior. El tiempo no existe, repitió, mientras paseaba sus labios por su largo cuello. No existe.

De nuevo se sintió sola. Te odio, gritó. Por qué te vas. Volvé a pasar, escuchó como una voz lejana de otro lugar. Volvió a abrir otra puerta. Pasó a otro cuarto idéntico. Su respiración cada vez iba más rápido. Dónde estas… gritó. Donde vos quieras que yo esté, respondió la otra voz. Acá conmigo. Y lo sintió de nuevo cerca. Lo sintió con todo su cuerpo. Inhaló, exhaló, y volvió a inhalar. Las bocas por fin se encontraron y se entendieron y eso era lo único razonable en esa habitación. Lo único. Y ellos lo sabían. Y les encantaba. Se acercaban, se alejaban, se mordisqueaban, se volvían a acercar y hasta babeaban. Pero se entendían y se buscaban y se deseaban. Otra vez no. No me dejes así, dijo ella. Y pasó otra puerta. Y sabía perfectamente a dónde tenía que ir. Y no se equivocaba. Seguía oscuro. Pero igual lo encontró tendido en el piso. Esperando.

El mármol se sentía frío. SE despertó por la luz. Ya había salido el sol. SE vistió lo más rápido que pudo. No se sorprendió al ver que las puertas ya no estaban. El lugar se empezó a llenar de gente con enormes ramos de flores. Entre ellos la mujer que había visto hacía una eternidad.

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