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Mujer barro

Oh mis muertos, me los comí, me atraganté...
"En esta noche, en este mundo" de Alejandra Pizarnik


Abrió los ojos y largó con fuerza una bocanada de aire. Se despertó con la garganta seca y la respiración agitada. La poca luz entraba por las rendijas de una persiana medio rota. Llegó con pasos torpes y descalzos hasta la cocina. Abrió la heladera y de a sorbitos tomó más de un litro de agua. El líquido empezó a bajar por sus tubos interiores. Ahora, ¿Por qué estaba así? Cuando vio sus manos embarradas, recordó. No era una imagen, no eran palabras, no era la última pelea con Hernán.
La escena era digna de ser fotografiada: en bombacha y remera se quedó un rato inmóvil. La efervescencia de la heladera bañaba el ambiente. Estática, con los ojos clavados en un punto. Después de un rato, volvió a guardar la botella, cerró la heladera y se sentó en el piso. Apoyó la espalda en la puerta, flexionó las piernas lo más cerquita que pudo de su torso, y empezó a masticar con saña el borde de su dedo gordo. Trató de concentrarse en su sueño. Tenía el ceño fruncido. Un peso, un gran peso, una mano, unas manos llenas de tierra húmeda.
Miró el reloj: Las cuatro menos veinte. Se levantó despacio, demasiado despacio. Tardó más que siempre en llegar desde la cocina hasta su cama. Todavía le temblaban las piernas. Volvió a acostarse. Quiso relajarse pero se interrumpía su intento de conciliar el sueño, gota a gota estrujándose contra la bañadera.
PLAP
PLAP
PLAP
La escuchaba cada vez más cerca, más fuerte, más grande. Se puso boca abajo. PLAP, PLAP, PLAP. En posición fetal. PLAP, PLAP, PLAP. Puso la almohada sobre sus oídos. PLAP, PLAP, PLAP. Se levantó de un salto, y fue hasta el baño. Prendió la luz, revisó la bañadera y nada. Encontró todo seco, no había tal gota. ¿Qué está pasando? Gritó. Cerró la puerta del baño de un portazo.
Volvió a la cama. Estiró la sábana como pudo. Respiró profundo y PLAP, PLAP, PLAP. No hay gota, no hay gota, no hay gota. Se repetía mientras hacía la señal de la cruz.
Volvió a pensar en las manos. No sus manos. Otras manos. Fue lo primero que había sentido. Primero el vaivén de la yema de un dedo como si intentara dibujar la curvatura de su espalda; luego los otros dedos que se desplazaban con firmeza, para finalmente completarse con la palma que presionaba fuerte, mientras iba tomando la zona lumbar de su cuerpo.
Había olor a lluvia. Ella se movía de un lado a otro, mientras hacía una especie de ronroneo. El pecho subía y bajaba, bajaba y subía. Tenía los pies dormidos. Un sudor frío recorrió su espalda. Volvió a girar. Se dio cuenta que tenía piel de gallina. Se tapó con la sábana hasta la nariz, pero en seguida tuvo calor. Así que se sentó para tirarla al borde de la cama. Cuando se volvió a acostar, se escuchó un chapoteo. Qué refrescante se sentía ese frío en la espalda. Tardó un rato en darse cuenta lo que estaba pasando, el mismo tiempo que se tomó el agua en llegarle hasta el cuello. Lentamente empezó a subir. Ella quería mantenerse abajo y esto la llevaba a hacer contorsiones exageradas. Para un lado, para el otro. Intentó patalear pero sus pies seguían inmutables y por la presión del agua comenzaron a ascender. Ella braceaba con todas sus fuerzas hacia abajo pero el único movimiento que se producía era el inverso. Mejor sería ir hacia la puerta. Se concentró y tomó decididamente aquella dirección. Una de las venas que tenía en el cuello, casi le explota de la fuerza que hizo al nadar hacia la puerta, se concentró tanto que había perdido la noción del lugar en el cual se encontraba. Pensó que ya debería haber llegado a su objetivo, y se sorprendió al notar que había girado en redondo y se encontraba exactamente en el mismo lugar del que había partido. Finalmente se dejó flotar. Se sentía tan liviana. Cuando era chica se pasaba horas haciendo la plancha. Era la única forma en la cual podía poner la mente en blanco y sentirse leve. Mente en blanco. Blanco, negro, una pluma soy yo...
El agua empezó a bajar y ella fue reconociendo cada una de las partes de su cuerpo que ahora caían en la tierra húmeda. Se revolcaba como si fuera una nena en el barro fresco de la plaza Colón. Hasta que volvió a empezar, esta vez más violento. La yema, los dedos, la palma, la mano entera, las dos. De nuevo, quiso resistirse: pataleó, rasguñó, escupió. No había caso. Hasta que la energía de la tierra la hizo vibrar llenándole las manos de barro, cubriéndola hasta el cuello de barro, mientras la boca masticaba y masticaba raíces.

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