A veces un árbol, puede no querer ser solamente un árbol.
Las raíces ya se habían propagado y extendido por toda la ciudad, levantando cañerías, asfalto, bocacalles y veredas. Las fisuras se extendían y se multiplicaban en recorridos organizadamente caóticos, que arrasaban sin piedad con todo aquello que obstaculizaba su camino. Si alguien hubiese podido pasar casualmente en un vuelo no demasiado alto, podría haber visto ese espectáculo de una hermosura perversa. Las fisuras formaban sin proponérselo, o acaso sí, tampoco lo sabremos, una rosa.
Y sí. La destrucción también tiene su cuota de belleza. Uno de los acontecimientos más ominosamente hermosos fue cuando una del las ramificaciones que parecía haber planificado con gran sabiduría su recorrido, derrumbó en una fractura lenta, y cuasi cinematográfica, el gran falo porteño de la 9 de julio, cuyos pedazos, se dice, se esparcieron extendiéndose más allá de los territorios porteños, llegando a espacios nunca antes transitados…
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