"...si se repasa fríamente, nada impide calcular que, si no tiene el carácter de una confabulación, porque no debe juzgarse de tan perversa a la gente, reviste el tono de un chiste, un chiste amargo de esos que no se festejan a carcajadas"
Antonio Di Benedetto, El pentágono, 1974
Antonio Di Benedetto, El pentágono, 1974
Un pincel cargado con colores psicodélicos se desliza sobre el lienzo ya no tan en blanco. Detrás de él, los ojos frenéticos y desorbitados del pintor en una fascinación casi perversa, insaciables sorben hasta la última gota de la escena.Frente a él, recostados sobre una frazada, tapados con una muy liviana sábana blanca, yacen dos durmientes. Ella se encuentra en posición fetal. La melena negra, ondulante y abultada se desliza porel suelo. El brazo derecho suple la función de la almohada que falta.La cara tiene una forma entre ovalada y redonda. Los ojos, enmarcados por unas cejas que forman una especie de v corta asimétrica, a medio cerrar, aún manifiestan el tupido rimmel de unas pestañas maquilladas fuertemente. Los pómulos, la nariz levemente inclinada hacia abajo y finalmente la boca entreabierta, con unos labios con el punto justo de carnosidad...El cuello largo estirado hace la curva perfecta con un hombro levemente inclinado hacia arriba y hacia adelante. El otro brazo se desliza naturalmente hasta su entrepierna. La sábana deja entrever uno de sus senos, en un descuido que parece ser casi escenográfico. Del extraño, sólo pedazos. Fragmentos de un cabello ondulado. Una mano y un brazo que presionan con descaro su cintura.Como envuelto en un hechizo, el artista esboza una sonrisa, cínica.
Sale del mono ambiente dando un portazo. Empieza a caminar, cada vez avanza más rápido, como si el hecho de alejarse de aquel lugar la ayudara aescapar de sus problemas. Ya no se puede contener. Primero cae una lágrima tímida que pronto se metamorfosea en un llanto contundente de esos que parecen querer vaciar hasta las vísceras. Con un pañuelito de papel que saca de su cartera de Mary Poppings, se limpia las lágrimas,el pañuelo queda negro. Otra vez, sí otra vez... Saca su celular y envía un mensaje . Inmediatamente comienza a sonar. Hola... Pero vos te das cuenta, siempre lo mismo... Pero no... Bueno, tenés razón, voy solo porquesi no, no sé a dónde ir... Un rato nada más...
No puede evitar detenerse a contemplar el cuadro que venía divisando desde el pasillo de la galería.Lo primero que llama su atención es la variedad y la vibración de los colores, los contrastes, los efectos de luz.
Como bajo un efecto hipnótico, lo desgaja lenta y concentradamente.
Dos escenas divididas por una línea vertical, en el mismo espacio, un mono ambiente vacío sin mobiliario; con igual cantidad de personajes en la misma posición, tres en cada una de las escenas.
Sobre el lado derecho del cuadro, un hombre recostado junto con una perfecta silueta femenina que no tiene rasgos en el rostro,sino manchas borroneadas que tiñen la imagen de una belleza grotesca. Lo que se destaca de la composición del personaje varón no es su cabello corto y negro profundo, sino la mirada ominosamente divertidaque pareciera estar clavada en una mujer de pelo abundante y ondulado,con unas curvas poderosamente marcadas que se encuentra ubicada de espaldas al fascinado observador, que contempla la escena.
Del otro lado casi de un espejo, ahora es una mujer la que posee rasgos bien definidos; a su lado,puede ver pedazos de un cuerpo masculino: unos rulos, capaz una barba, una mano, un brazo.. Mira con mayor atención y se da cuenta de que lo que lo atrae y lo perturba de la imagen es ese gesto indescifrable de la mujer, mejor dicho esa mirada que lo interpela descarada e irresistiblemente a saborearla con atención. Un hombre de cabello corto y negro colocado en el lugar del espectador contempla la escena.Mira con atención ambas partes y descubre un detalle, el hombre de espaldas tiene en su mano un casi indistinguible
pincel.
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