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Flaneur

“Un éclair... puis la nuit !”
Charles Baudelaire “A une passante”

Ella viene caminando con paso firme, segura, con la frente y el pecho bien en alto. Ése es su escenario. Sabe cómo moverse en él, no porque sí, sino porque cada uno de los que derrumba tras su marcha se encarga de recordárselo. Llega a la esquina. Está por cruzar. En ese instante, el señorito cuasi-inmovil que le indica si puede hacerlo, optó por adoptar una de sus dos posiciones, que es la más rígida. Aprovecha para morderse una cutícula y se dispone a esperar…
Él viene caminando apurado, tiene que llegar rápido a quién sabe qué lugar. En un principio se molesta, en su vida atareada un minuto parado en una esquina le resulta sumamente improductivo. Pero no hay más remedio, el lanzarse a cruzar ignorando la autoridad impuesta por el señor semáforo en una avenida tan ancha podría devenir en desgracia, así que espera…
Vivir en la metrópoli tiene esas ventajas, no se sabe qué puede pasar a la vuelta de la esquina. Quién sabe si fue el destino o la mera casualidad. Dos personas, un semáforo, sol. Primero se miran, mejor dicho se relojean. Ella se pone super colocada, él la mira con descaro. Se coquetean, él la invita a tomar un café o por qué no algo más fuerte. Ella accede. Conversan, juegan, y se ríen. También lo más girondeanamente posible , se miran, se perciben, se coquetean. Se rozan, se colorean, se desean. Se imaginan, se fantasean, se ratonean. Por fin, se besan, se abrazan, se pegan, se besan, se besan, se besan y se refriegan. Se tocan, se besan y se babean…
El señorito del semáforo sale a caminar un rato por la avenida. Retorno él iba apurado, cierto. Ella también, quién sabe a dónde…

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