Mariela sabe. O al menos lo supo. Tendríamos que decir que lo intuyó, lo percibió sin saberlo. Algunos decían que el sexto dedo que tenía en su mano derecha era una clara señal de que podía ver más allá de lo que se le presentaba. Pero, paradójicamente, sus conocimientos astrales no parecían ser muy útiles: todavía no había podido encontrarle un fin pragmático bonificable. Tal vez hubiera alcanzado el éxito financiero, publicitando sus predicciones en la revista GENTE o en algún programa de chimentos de esos que aturden a las tres de la tarde. Pero Mariela no tenía mucha iniciativa de joven emprendedora con ganas de traspasar las fronteras de su clase social, la mediocre y venida a menos clase media argentina, y crecer financieramente, sobre todo por que no entendía eso de cuidarse las rodillas.
En fin, más cerca de Casandra que del no vidente Tiresias se encontraba, probablemente por los precios de no tener algo bamboleante entre sus piernas. Una y otra vez veía cómo terriblemente sucedía lo que ella había advertido, y un sentimiento doble de certeza y seguridad ante su inusitado talento; y de terrible impotencia e inmovilidad acentuada; crecía en el seno de su corazón.
Este castigo virtuoso venía inscripto en la configuración genética de generaciones y generaciones de mujeres con seis dedos. Su bisabuela, Rosario, andaluza y no gallega, percibió antes que nadie el advenimiento de la guerra y fue de los primeros inmigrantes en llegar al puerto de Buenos Aires sabiendo las oportunidades que le ofrecería el granero del mundo. Su abuela, Sara, había soportado el hecho de que a todos sus hermanos se les brindara la oportunidad de estudiar en la escuela media, mientras que ella en discreto silencio se dedicaba al corte y la confección, con el consuelo que le brindaba el don de que pronto las cosas cambiarían y también las mujeres podrían optar por otros caminos.
Siempre encontradas habían sido las sensaciones que generaba el poder oraculario. La primera que se reveló ante su don fue la madre de Mariela, Mónica, que ante tanta indignación no pudo tolerar, ni creer el genocidio militar del 76 y por ello se había decidido a combatir en las primeras filas del ERP viendo pero no creyendo lo que le tenía preparado el destino. Uno a uno se iban confirmando los hechos que ella había podido vislumbrar borrosamente gracias a su don; una a una iban cayendo las esperanzas de poder hacer algo para modificar la premonición. Así fue como llegó a la conclusión de que lo más sabio era volver a las tierras de doña Rosario, hasta que todo se calmara. Junto con Ernesto, con la frente marchita, cruzó el océano con una incipiente sensación de que pronto volvería. Una lágrima cayó en su mejilla cuando difusamente contempló la suerte que correrían sus compañeros de lucha.
Así fue como en el 83 con el flamante retorno del sistema democrático volvió a sus tierras con un pan debajo del brazo. El 10 de diciembre de ese mismo año, nació Mariela.
A Mariela su don en un principio, no la perturbaba en lo más mínimo. Durante los años 90, este vaticinaba cuestiones tan microscópicas, historias tan mínimas, que hasta le divertían. Pero la burbuja no duraría demasiado tiempo. Ya cuando comenzó el milenio empezó a tener las primeras aproximaciones a lo que se avecinaba. Primero incrédula de que algo más pudiera volver a pasar, se sorprendió a sí misma cuando el 11 de septiembre confirmó que se estaban incendiando las torres gemelas. Ella quería con todas sus ansias volver a tener el don para el presagio de banalidades, no podía soportar la carga de los acontecimientos. Así fue que desesperada ante el preanuncio de la crisis de 2001 decidió ponerse a investigar en internet acerca del extraño fenómeno del cual era participe toda su precedencia femenina, como si la cadena del ser se hubiera deslizado en aquel sexto dedo. Por eso luego de una exhaustiva y extensa búsqueda que duró aproximadamente seis segundos, se encontró frente a la fuente del conocimiento Wiki que le brindaba información acerca del extraño fenómeno generacional.
No lo dudó. Fue directo al baño. Se lavó las manos. Abrió el cajón de la derecha. Tomó una toalla blanca. La apoyó sobre el lavatorio. Del otro cajón, una tijera.
Tres gotas rojas sobre blanco.
Advertencia: Wikipedia no es un consultorio médico.
Si cree que requiere ayuda, por favor consulte con un profesional de la salud.
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Mariela sabe. O al menos lo supo. Tendríamos que decir que lo intuyó, lo percibió sin saberlo. Algunos decían que el sexto dedo que tenía en su mano derecha era una clara señal de que podía ver más allá de lo que se le presentaba. Pero, paradójicamente, sus conocimientos astrales no parecían ser muy útiles: todavía no había podido encontrarle un fin pragmático bonificable. Tal vez hubiera alcanzado el éxito financiero, publicitando sus predicciones en la revista GENTE o en algún programa de chimentos de esos que aturden a las tres de la tarde. Pero Mariela no tenía mucha iniciativa de joven emprendedora con ganas de traspasar las fronteras de su clase social, la mediocre y venida a menos clase media argentina, y crecer financieramente, sobre todo por que no entendía eso de cuidarse las rodillas.
En fin, más cerca de Casandra que del no vidente Tiresias se encontraba, probablemente por los precios de no tener algo bamboleante entre sus piernas. Una y otra vez veía cómo terriblemente sucedía lo que ella había advertido, y un sentimiento doble de certeza y seguridad ante su inusitado talento; y de terrible impotencia e inmovilidad acentuada; crecía en el seno de su corazón.
Este castigo virtuoso venía inscripto en la configuración genética de generaciones y generaciones de mujeres con seis dedos. Su bisabuela, Rosario, andaluza y no gallega, percibió antes que nadie el advenimiento de la guerra y fue de los primeros inmigrantes en llegar al puerto de Buenos Aires sabiendo las oportunidades que le ofrecería el granero del mundo. Su abuela, Sara, había soportado el hecho de que a todos sus hermanos se les brindara la oportunidad de estudiar en la escuela media, mientras que ella en discreto silencio se dedicaba al corte y la confección, con el consuelo que le brindaba el don de que pronto las cosas cambiarían y también las mujeres podrían optar por otros caminos.
Siempre encontradas habían sido las sensaciones que generaba el poder oraculario. La primera que se reveló ante su don fue la madre de Mariela, Mónica, que ante tanta indignación no pudo tolerar, ni creer el genocidio militar del 76 y por ello se había decidido a combatir en las primeras filas del ERP viendo pero no creyendo lo que le tenía preparado el destino. Uno a uno se iban confirmando los hechos que ella había podido vislumbrar borrosamente gracias a su don; una a una iban cayendo las esperanzas de poder hacer algo para modificar la premonición. Así fue como llegó a la conclusión de que lo más sabio era volver a las tierras de doña Rosario, hasta que todo se calmara. Junto con Ernesto, con la frente marchita, cruzó el océano con una incipiente sensación de que pronto volvería. Una lágrima cayó en su mejilla cuando difusamente contempló la suerte que correrían sus compañeros de lucha.
Así fue como en el 83 con el flamante retorno del sistema democrático volvió a sus tierras con un pan debajo del brazo. El 10 de diciembre de ese mismo año, nació Mariela.
A Mariela su don en un principio, no la perturbaba en lo más mínimo. Durante los años 90, este vaticinaba cuestiones tan microscópicas, historias tan mínimas, que hasta le divertían. Pero la burbuja no duraría demasiado tiempo. Ya cuando comenzó el milenio empezó a tener las primeras aproximaciones a lo que se avecinaba. Primero incrédula de que algo más pudiera volver a pasar, se sorprendió a sí misma cuando el 11 de septiembre confirmó que se estaban incendiando las torres gemelas. Ella quería con todas sus ansias volver a tener el don para el presagio de banalidades, no podía soportar la carga de los acontecimientos. Así fue que desesperada ante el preanuncio de la crisis de 2001 decidió ponerse a investigar en internet acerca del extraño fenómeno del cual era participe toda su precedencia femenina, como si la cadena del ser se hubiera deslizado en aquel sexto dedo. Por eso luego de una exhaustiva y extensa búsqueda que duró aproximadamente seis segundos, se encontró frente a la fuente del conocimiento Wiki que le brindaba información acerca del extraño fenómeno generacional.
No lo dudó. Fue directo al baño. Se lavó las manos. Abrió el cajón de la derecha. Tomó una toalla blanca. La apoyó sobre el lavatorio. Del otro cajón, una tijera.
Tres gotas rojas sobre blanco.
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